ARREGLANDO LA CERCA/ PROTEGIENDO EL TERRENO

Los límites no son malos cuando se trata de proteger lo nuestro...

Saber hasta donde dar acceso a los demás es un mecanismo de protección, autogestión y felicidad. Permitir dar rienda suelta a los otros para que transiten con libertad absoluta sobre los asuntos propios dará paso a la anarquía, perdiendo el control de nuestro ser.

En momentos buenos y momentos malos, los límites han de estar claros y fuertes, para separarnos de los ataques propios y ajenos.

Cuando el campo propio reverdece atrae la atención del vecino envidioso, la plaga y el hambre de los seres que están fuera de la cerca. Cuando el campo propio está desierto todos quieren pisotearlo. En campo reverdeciente o desierto sino pongo freno a mis debilidades y vicios dejo abierta las puertas a la autodestrucción.

Nadie comienza a sembrar sin establecer límites en su terreno, de hacerlo no correrá riesgo su cultivo, es un hecho que perderá sus frutos.

Los límites se crean por voluntad propia, para saber hasta donde llegamos y hasta donde dejamos llegar a los demás en nuestra propia vida.

Intentar jugar a los salvavidas en la vida de otros ayudando a levantar su cerca no tiene sentido, será esfuerzo perdido, porque los fundamentos que sostienen la cerca no son sólidos, cuándo dejemos de sostener su cerca se caerán en el primer intento de amenaza.

Conocer nuestras debilidades es tener inteligencia emocional para comenzar a querernos y cuidar de nosotros, lo siguiente es crear barreras emocionales sanas para evitar sucumbir en nuestros puntos débiles.

El sembrador negligente no prevé el riesgo, no anticipa el daño futuro que se avecina, descuida su cultivo sin establecer límites, cuando llegue la cosecha ni recordará dónde sembró su primera ni su última semilla.

Quererse es protegerse del mal propio y del ajeno, no para aislarse de la vida social, sino para disfrutar sanamente de la coexistencia, sin comensalismo, parasitismo ni depredación.

Quien sabe levantar sus cercas a tiempo puede ver su campo florecer y también el de sus vecinos...

Sandino Velázquez 

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